El mar centelleaba y el sol iluminaba las rocas de tal forma que parecían veteadas de amatista y crisopraso, cuarzo rosa y jade; el rojo nunca era más dorado que en el mes de mayo e incluso la col marina, la más modesta de todas las flores, parecía brotar de la inclinada roca con renovados bríos, La persistente fragancia de los capullos el espino se mezclaba en el aire con los perfumes del mar y la tierra. Ese año, el encanto incomparable de la primavera inglesa era doblemente dulce.
La hija del diablo - Jean Plaidy
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