Ya nos habíamos terminado todas las cervezas que había
encima de la mesa. Cuando me levanté para recogerlas noté el mareo habitual que
ello conllevaba, aún así pude ver como él me seguía atentamente con la mirada.
Percibí ese brillo especial en sus pupilas, distinguí esa suplicante llamada al
deseo.
Se levantó suavemente y ante la idea de acercarnos temblé,
pero de una manera muy sutil que dudo que fuera perceptible. En mi cabeza se
levantaba una negativa que no me dejaba actuar con claridad.
Sentí las yemas de sus dedos en mis brazos, ya estaba lo
suficiente cerca para caer completamente rendida. Su cadera me presionaba
suavemente contra la mesa, su respiración agitada en mi oído, su calor en mi
espalda. Lentamente deslizó su mano bajo mi ropa, acariciaba mi vientre
suavemente mientas me pedía que me dejara llevar. Siguió su recorrido entre mis
piernas, presionándome contra él.
En ese momento no sé quién de los dos sentía el deseo
creciendo en su interior, latente de deseo. Me enfrenté a él, cara a cara, y
los dos caímos en un beso que no alivió ni un ápice lo que sentíamos, sino que
lo avivó un poco más.
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